Nunca he logrado irme, porque no quiero hacerlo, pero cuando hay que hacerlo “quedarse es deshonor”.
Luego de más de dos años de vivir contigo, de ver tus malas caras y escuchar tus risas, me rindo. Dos partes de mi brindan, al fin “se cogen el paso” el uno al otro al son de una melancólica canción que se repite una y otra vez mientras se miran una a la otra a menos de 20 centímetros, ahí, de pie, mojadas y temblando de frío, sacando conejos muertos de una chistera, barajando con trampas nuestras cartas y haciendo trucos malos con espejos para no darnos de bruces con la realidad y alejar de nosotros el miedo a que duelas.
Empecé quemando ese otro lenguaje lateral y subversivo, las maneras en las que te decía que te amaba. Luego me invadió el pánico por llamarte, por preguntarte en donde estabas o por darte un beso, pánico y miedo de que lo rechazaras, de que me rechazaras.
Noto tu mala cara cuando te toco, noto que no quieres que cuando ‘ellas’ estén me plante a tu lado, que mientras he llegado a querer construir una familia contigo, tú planeas un futuro pero no conmigo. Si, quería que se llamara Helena. Me quedo con el recuerdo de las veces que soñé con ella y con nosotros.
Aquí estoy, con la boca llena de arena, esperando un abrazo tuyo, esos besos que no encallaron, esas caricias sinceras que no nacieron.
No creas que te deje esto para tratar de despertar compasión por mí, que te sientas culpable y termines de leer con un dolor en el pecho tan fuerte que te haga llamarme. No, lo hago porque creo que todos merecemos una explicación.
Recojo todas mis cosas, repaso una y otra vez aquellos pasos que di ten tu apartamento, escarbo en tus cajones por si aparece entre tus cosas mi orgullo y mi amor propio. No los encontré, creo que los perdí en tu cama.
Me abrazo y muerdo mis manos lo más fuerte posible, imaginándonos a ratos haciendo el amor y como si la pena no fuera suficiente, la ansiedad aparece y retoma el control de las cosas. Que trágico final te has planeado para los dos.
En serio, con mi corazón destrozado te digo que siento pánico de ver como regresas tu mirada hacia mí con… ¿fastidio? Sí, es fastidio, esa mirada que es tan recurrente, esa mirada que me acobija desde que despierto al lado tuyo.
Entre tantas cosas recuerdo muchas palabras tuyas y caigo en cuenta de algo, tomo conciencia de muchas cosas: Jamás vas a amarme.
Ya es tiempo. Ya estás bien. No me vas a extrañar, está bien. Ya te sientes lo suficientemente fuerte para huir al bosque. Te veo subir volando a un árbol. Y luego a otro árbol más alto. Y luego al cielo. Así terminé, por entregarme a una criatura salvaje. Terminé con la mirada fija en el cielo y las manos llenas de arena.
MicroCuento
Había una vez un cuento. Pero dejé de creérmelo.
Eva López
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Si me lee y tiene depresión o una melancolía que no comprende, le digo esto: sí, existir es una tragedia, pero resistir crea magia.
– Juan Carlos Rincón Escalante.
Lo que el corazón no olvida, a media noche se proyecta en los sueños.
Y me despierto y lluevo despacio…
Me veo muy tranquila, pero por dentro estoy en un colapso.
Si algo no avanza, suéltalo.
Y avanza tú.

